¿Para qué usamos las palabras?
Para comunicarnos. Para traspasar ideas. Para hacer que otros puedan
entender lo que queramos que entiendan y no lo que debiesen entender.
Para nombrar sentimientos. Para nombrar emociones. Para hacer amistades.
Para persuadir. Para convencer.
Para manipular.
¿Para qué?
¿No suponemos que las palabras se las lleva el viento?
Si haces una promesa, la puedes romper.
Si emites un juramento, lo puedes quebrantar.
Da igual.
¿Qué hace un ciego, si alguien nota su presencia en pleno
acto de un algo indefinido y luego esconde lo que hace, hablando
de otra cosa que no tiene referencia a lo que realmente está haciendo?.
Probablemente contaría lo que escuchó sin saber lo que hacía realmente la
otra persona, pudiendo equivocarse rotundamente y crear entonces un
falso testimonio.
¿Se transformaría en un mentiroso?
Algunos dirían entonces, que quizás sería mejor que fuese sordo y no ciego,
y bajo la misma circunstancia luego de observar, pudiese escribir y describir
lo que vió sin riesgo a “mentir”. Aunque de una u otra forma, estaría invadido
por su propia subjetividad. Sigue existiendo espacio para la poca creencia de
lo leído.
Ciegos y sordos, serían juzgados.
Quiénes contamos con todos nuestros sentidos también.
Las palabras nos harían pasar inconcientemente, indirectamente o como queramos
decirle, a travéz de la subjetividad, o friamente, de la mentira.
¿Nos auto-manipulamos?
No creo. Pero sí, nos engañamos bastante.
Es al final, un juego. Un juego que no te lo puedes “dar vuelta”.
Empieza pero no termina. Y es que las palabras nos mantienen en un ir y venir de
cosas que poco comprendemos, a las que no estamos acostumbrados.
Las palabras nos hacen chocar contra nosotros mismos. Nos regalan convicción,
nos aleonan de cuando en vez, incluso nos dan la solución y el camino ideal para
encontrar aquello que consideramos sublime en nuestro ser.
Aún así, nos inculca falasias, mentiras, laberintos entre párrafos y párrafos que
inventamos, predicamos, explicamos y finalmente, ¿…?.
No nos damos cuenta, e inventamos una historia tan creíble y convincente que podemos
hacer que otras personas caigan en errores que nosotros mismos cometimos y que sentimos
que alguien más los debe cometer para estar tranquilos. Egoísmo.
O al revéz.
Convencemos de que podemos, de que se puede salir adelante, de que las cosas son mucho
mejor de lo que parecen y que aún estamos a tiempo de reivindicarnos con una pasión tal,
que hay temple suficiente como para derrumbar esa muralla que nos tiene estancados.
Qué distinto.
¿Un gesto vale más que mil palabras?. Puede ser.
Pero para qué denigrar tanto las palabras si al final gracias a ellas estamos donde estamos.
Para muchos es evolución. En un principio el ser humano se comunicó con gestos, y lo que vino
después fueron las palabras y escritos. Progreso, cultura, subjetivo u objetivo. Nos mantiene.
Que más da. Son bellas cuando se transforman en poemas y son sublimes cuando están en lo eclesiástico.
Son románticas cuando están en una declaración y son apasionadas cuando gritan en una hinchada de fútbol.
Incluso, nos pueden hacer dudar y hacer pensar que estamos perdiendo el tiempo.
Como aquí. Como ahora.
Bendiciones